Imprescindibles
- Lugar de Encuentros III
- Mural de Gerardo Rueda
- Esculturas de Sempere
- Obras de Chirino
Cuesta hacerse a la idea de que un museo pueda estar debajo de un puente. Pero entre las calles de Juan Bravo y Eduardo Dato, donde la Castellana queda cruzada por un paso elevado, hay un espacio de unos 4.200 metros cuadrados que funciona como sala de exposiciones sin paredes. Se inauguró en 1972 y desde entonces reúne esculturas abstractas de algunos de los nombres más importantes del arte español de su tiempo.
El Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana nació con una idea poco habitual: aprovechar un espacio residual de ingeniería urbana. El puente, obra de los ingenieros Fernández Ordóñez y Martínez Calzón, deja debajo una nave de hormigón con luz natural cenital y dos franjas ajardinadas a los lados. Las piezas se colocan en tres niveles que descienden poco a poco desde la calle Serrano hasta el paseo de la Castellana.
Qué obras vas a encontrar
El conjunto reúne diecisiete esculturas y un mural. La más conocida es Lugar de Encuentros III, de Eduardo Chillida, a la que muchos madrileños llaman «la sirena varada». Es una masa de hormigón armado que parece suspendida, y de cerca se aprecia el contraste entre su peso aparente y la ligereza con que cuelga de los cables. Chillida creó la obra para este sitio concreto, y su tamaño obliga a rodearla despacio.
Alrededor aparecen otras firmas del abstracto español. Eusebio Sempere, con su geometría cinética, aporta una escultura que cambia con el punto de vista; Martín Chirino trabaja el hierro con formas ascendentes casi caligráficas; Alicia Penalba y José María Subirachs ofrecen volúmenes más sólidos, de bordes marcados. Joan Miró y Pablo Palazuelo flanquean un mural de Gerardo Rueda, que domina uno de los muros de hormigón.
No se trata de piezas pensadas para agradar a primera vista. Muchas piden unos minutos para entender cómo ocupan el espacio, y funcionan mejor si te mueves en torno a ellas. Un detalle que pasa desapercibido: la escultura abstracta no tiene una cara principal, y por eso cada pieza cambia de aspecto según la mires desde el nivel superior, desde el jardín o desde el hueco entre dos obras.
Un museo que se visita a pie
Aquí no hay taquilla, ni vigilantes a la puerta, ni horario que consultar. El acceso es libre todos los días del año, y de noche las piezas se iluminan para que el espacio siga leyéndose como un conjunto. Es probablemente el museo más democrático de Madrid: para verlo basta con pasear por la Castellana.
La experiencia cambia con la hora. Por la mañana entra luz natural por las aberturas del puente y los hormigones se ven grises y mates; hacia el final de la tarde la luz rasante recorta las siluetas; por la noche prevalece el contraste del foco artificial. Quien quiera fotografiar debe saber que los coches circulan por encima y se oye un rumor constante, aunque no impide pasear.
El recorrido tiene un ritmo propio. Empieza en la zona de la calle Serrano, donde el terreno está más alto, y baja hacia la Castellana. Mucha gente lo hace al revés sin darse cuenta, y por eso se pierde la primera sorpresa: la escala de la nave vista de frente, con Chillida al fondo.
Por qué este lugar existe
Hacia finales de los años sesenta, la prolongación de la calle de Juan Bravo sobre la Castellana dejó un vacío bajo el puente: ruido, sombra y un suelo difícil de aprovechar. En lugar de rellenarlo con aparcamientos o con jardín convencional, los responsables del proyecto decidieron convertirlo en una galería. Los autores de las obras cedieron o prestaron piezas, y el resultado se inauguró en 1972 como uno de los primeros museos al aire libre de España.
Esa ocurrencia sigue resultando moderna. El hormigón del puente no hace de fondo neutro; es parte de la estética del conjunto, de textura áspera y colores cenicientos que dialogan con el hierro, la piedra y el cemento de las esculturas. Visto así, la nave funciona como una sola obra con muchos elementos, y no como un depósito de esculturas sueltas.
Cómo llegar y qué ver cerca
Está en el número 40 del Paseo de la Castellana. La parada de metro más cercana es Rubén Darío, en la línea 5, y la de BiciMAD de Castellana 42 deja la bicicleta a pocos pasos. Desde Serrano se llega caminando en menos de diez minutos.
El barrio de Salamanca ofrece buenas paradas encadenadas. El Museo Sorolla, a unos diez minutos andando, permite pasar de la escultura abstracta a la casa-taller de un pintor luminista. El Museo Lázaro Galdiano está algo más al norte, en la calle Serrano, y guarda una colección de coleccionista con piezas medievales y goyescas. Para un plan más amplio por el eje del arte, consulta la guía de museos de arte en Madrid.
Y si el presupuesto es el criterio, esta parada encaja bien en la lista de museos gratis en Madrid, junto a otros espacios cuyo acceso libre no depende de ningún día concreto.
Cuándo ir
Si puedes elegir, prueba dos veces: una a media mañana, con el tráfico dejando el rumor de siempre sobre tu cabeza, y otra al anochecer, cuando las luces dibujan las sombras de las piezas sobre los muros. El mismo recorrido parece otro. En otoño, con el suelo cubierto de hojas en las franjas ajardinadas, el contraste con el hormigón resulta especialmente fotogénico.
Los domingos por la mañana el paseo está más tranquilo que cualquier día laborable, y es fácil quedarse a solas con las obras.
Consejos de visita
Lleva abrigo en invierno: bajo el puente corre aire y el hormigón enfría. En verano, en cambio, es una de las zonas más frescas de la Castellana a mediodía. Si vas con niños, el espacio les resulta natural: pueden rodear las piezas sin que nadie les diga que no toquen con la vista, aunque conviene recordar que las esculturas no se tocan ni se trepa.
Un aviso sobre las expectativas: no es un museo de salas ni tiene cartelas largas, así que quien busque explicaciones al detalle echará de menos más contexto en el lugar. Para entender mejor a cada autor ayuda una consulta rápida en el móvil mientras caminas.
Pasar por aquí tiene algo de ritual para los vecinos del barrio. Salir de una comida en la calle Serrano, bajar unas escaleras y quedarse diez minutos frente a Chillida es de esos pequeños lujos de Madrid que no cuestan nada.